
El inspector Giuseppe Lojacono, romano de origen y siciliano de adopción, es trasladado a Nápoles para formar parte del equipo del comisario Palma, hombre de modales, policía intachable, y que a la espera de un ansiado ascenso, se le asigna un equipo de agentes que no ha elegido.
































Después del arresto de cuatro agentes por tráfico de drogas, el equipo de la comisaría de Pizzofalcone, en Nápoles, está a la deriva. La mala fama le ha hecho ganar el nombre de bastardos de Pizzofalcone. Por eso, se le asignan nuevos policías.

Un joven, chófer de unas ancianas adineradas de la zona, aparece asesinado en el coche de éstas. Posteriormente, otro joven, conserje de una discoteca, es asesinado. Ambas muertes parecen no tener ninguna relación, pero el inspector Lojacono seguirá unas pistas que le harán dar con el asesino.

Una joven aparece asesinada en los trasteros de un bloque de viviendas. Se trata de la chica de la limpieza y trabajaba para diversos vecinos de la escalera. El inspector Lojacono comienza sus pesquisas en este caso, teniendo al marido de la víctima como primer sospechoso.

Un joven aparece asesinado en su casa y cuando el inspector de policía Lojocano inspecciona la vivienda encuentra un segundo cadáver, el de una joven, en el dormitorio. Ambos resultan ser hermanos y todo apunto al padre de ambos como principal sospechoso del asesinato.

Una joven de color aparece asesinada junto a una iglesia, en la que la chica trabajaba como voluntaria social. El principal sospechoso es el padre Miguel, un sacerdote con enemigos por sus labores sociales y sus antecedentes de cuando era adolescente.

Un niño de ocho años es secuestrado durante la visita a un museo con sus compañeros de colegio. El abuelo del niño es millonario y, tras pinchar todos los teléfonos de la familia, los secuestradores se pondrán en contacto con éste para pedir un alto rescate.